La diversidad es la norma, no la excepción

Los que somos parte del sistema educativo sabemos que nuestras salas de clases son diversas; eso no es más que el reflejo de una sociedad disímil, ¿por qué no habría de serlo la escuela? Sin embargo, declarar esta heterogeneidad y hacernos cargo de ella se contrapone, en parte, a lo que tradicionalmente ha sido nuestra Escuela. Los profesores fuimos formados para acoger al alumno promedio, planificar la enseñanza para éste, evaluar los aprendizajes en función de una norma, y concebir sus logros en relación a la idea de alumno ideal.

Hoy hemos aprendido a mirar una sala de clases con otros ojos y logramos ver las diferencias que existen al interior de ellas y entre nuestros estudiantes. Por una parte están las diferencias asociadas a las necesidades educativas especiales, sean éstas con o sin discapacidad. Pero además, encontramos otro tipo de diferenciación que va más allá de las capacidades o habilidades de orden intelectual, que son las diferenciaciones producto de la mayor o menor vulnerabilidad, capital cultural, tipología de familia de origen de nuestros alumnos, las diferentes culturas dada la inmigración y barreras idiomáticas, hoy en día tema no menor en nuestras escuelas, dado el aumento en la tasa de alumnos inmigrantes por sala. Tenemos que generar un cambio. ¿Hacia dónde? ¿Cómo? ¿Qué creencias y prejuicios debemos derribar?

Encontramos quizás respuestas cuando observamos las dinámicas al interior de las familias a las cuales llega un niño con capacidad diferente. Éstas, al tomar conciencia de este nuevo miembro, comienzan un proceso de reorganización a su interior. A veces se requiere de cambios físicos, desde la adaptación del mobiliario hasta vías de acceso diferenciadas. Los miembros de la familia deben aprender a comunicarse y colaborar con el desarrollo de este nuevo integrante; uno ve como los niños aprenden lenguaje de señas o hablan más lento y más modulado para que el hermano se integre, lo cuidan, lo llevan de la mano, lo tratan como un igual dentro de su diferencia.

Nosotros, los docentes, debemos impactar en el sistema educativo, desde sus principios, su proyecto educativo, intencionar desde sus objetivos estratégicos, el perfeccionamiento docente, sin olvidar que la verdadera inclusión se logra luego de su reflexión profunda y valórica, donde la gestión del cambio debe estar orientada a derribar supuestos. Necesitamos una nueva sala de clases donde el profesor sea un mediador de aprendizaje, con metodologías flexibles, pluralistas y de participación. Necesitamos profesores audaces, que no le teman a esta nueva sala de clases, que sean conscientes que la diversidad es parte de la sociedad a la que estamos preparando a nuestros alumnos, aquella que se comunica, se moviliza socialmente, se educa, se divierte en forma diversa.

Para ello es fundamental que los docentes seamos capaces de entender que el currículo concebido como un “one size fit all” no es el camino por el que hay que transitar. Estamos llamados a flexibilizarlo y a derribar las barreras de entrada al aprendizaje de todos nuestros niños, a seguir valorando al otro, sin perder el tremendo sentido de conjunto que nos ha acompañado durante la historia de la humanidad y que nos ha permitido adaptarnos como sociedad a los nuevos desafíos de los tiempos.

Hoy más que nunca debemos dar señales certeras de que la meta de la educación en el siglo XXI no es simplemente el dominio del conocimiento. Es el dominio del aprendizaje. La educación inclusiva está llamada a ayudar a transformar a nuestros alumnos en aprendices expertos, individuos que quieren aprender y que saben cómo aprender, ya que se enfrentarán a una vida de aprendizaje.

¿Cómo construimos una escuela inclusiva? Generando un cambio sistémico, donde lo individual se toma, pero sin descuidar el conjunto y su interacción. Donde todos somos llamados a colaborar e innovar, donde derribamos los prejuicios y damos paso a lo nuevo. Aprendemos a cómo trabajar mirando con otros ojos, compartiendo prácticas pedagógicas exitosas y logrando reflexión pedagógica profunda. Es un desafío que hay que tomar.

Carolina Meyer O.
Educadora Diferencial
Profesora del Magíster en Dirección y Gestión Escolar de calidad

Rebeca Aguilera S.
Profesora General Básica
Profesora del Magíster en Dirección y Gestión Escolar de calidad

 

 

 

 

 

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